[Artículo] Desazón

[Por Wedger]: No recuerdo el tiempo que ha llovido desde que hiciera aquella promesa. Uno, quizás dos años. Sólo recuerdo el momento, con asombrosa precisión si he de ser sincero, nítido y lejano se encuentra aparcado en un oscuro y despejado rincón de mi mente, temeroso de establecer contacto con los demás, de exponerse y difuminarse en el olvido. No es algo que haga a propósito, pero tampoco negaré que me alegro de que sea así. Me alegra tenerlo presente.
Puede que sólo me haga daño a mí mismo con él, puede incluso, que esté derribando los cimientos de mi persona, destruyendo todo aquello que ha forjado mi carácter a lo largo de mi corta vida… pero prefiero pensar que simplemente estoy rehaciéndome, poniendo como base uno de los momentos más importantes de mi vida.
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El recuerdo nace con mis manos aferrándose al raído y desgastado pomo de la puerta de mi habitación, ya sabes, aquel que tenía forma de sierra, ¿te acuerdas de lo que me costó explicar al carpintero lo que era un láncer?, ¿y de su posterior reacción?…
No recuerdo porqué acudí a mi refugio aquella noche, juraría que no era precisamente el año 2277, y el mismo no pertenecía a Vaul Tec así que dudo que fuera por algo tan mundano como lo puede ser una guerra nuclear. Quizás, y sólo quizás, deseará transformarme aunque fuera por última vez en el héroe del tiempo, rescatar a mi princesa y contemplar el brillo de las estrellas a través del azulado visor de mi casco.
La acogedora nube de polvo que esperaba en la habitación me golpeó en la cara para darme la bienvenida, recuerdo que me animó a echar un rápido y cotidiano vistazo a mi alrededor. La televisión de la mesa permanecía encendida, se me habría olvidado apagarla en mi última visita, como me habituaba a pasar, ante ella, y asomándose al vacío que les separaba del suelo se encontraban un puñado de manuales recién imprimidos. Había intentado colocarlos en sus pertinentes cajas pero, siempre que mis manos sujetaban uno y se disponían a hacerlo, recordaba todos los que me faltaban por hacer. Supongo que había dado por perdida la batallla, una nueva derrota para mi lista, en la que se amontonaban nombres de la talla de Reach y Helghan. Ligeramente a la derecha de éstos había un auténtico cementerio de tazas y latas, me pregunté que habría dicho mi madre de verlas, en la parte frontal de las mismas un gran número de personajes me saludaban, unicamente recuerdo a Cloud, Kaim y al jovencísimo Neku Sakuraba, ¿quién olvidaría los sabores que me dejaron en cama durante una larga y (al menos para mí) próspera semana de estudios?
En un rincón junto a la cama vislumbré un más que digno recopilatorio de revistas. Al frente de todas estaba WedStation, una vanal copia impresa de la conocida revista del sector, copia de calidad reprochable, que dudo que me hubiera librado de ir a juicio de ver la luz. Recuerdo que lucía resplandeciente la nota perfecta que le entregaba a la nueva aventura de uno de tantos cazatesoros a los que, con más o menos suerte, he llegado a intentar emular. Lo único digno de elogio de la misma era el artículo “provideojuegos”, que defendía a esa droga conocida como videojuego de todo tipo de críticas, a cada cuál más hiriente, acerca de los efectos del mismo en la gente o del futuro que tenía una persona que se dedicara a él. Recuerdo que me pasaba noches enteras releyéendolo, mis amigos me acusaban de aferrarme a él en exceso, y creo que sugerían a coro que, si no era capaz de mostrárselo a los demás, cosa que me negaba a hacer, era porque lo componían una serie de argumentos ridículos que Wright hubiera descartado ante el juez. Yo siempre contestaba lo mismo: “Si no tenéis vuestros propios argumentos para defender al sector y necesitáis que alguien os los dé, deberíais plantearos hasta que punto os podéis llamar jugadores, le dediquéis una, cinco o cincuenta horas a alardear de habilidad”. Prefiero obviar los “¡Protesto!” que sucedían a dicha frase…
Me ví obligado a hacer algunos malabarismo para esquivar los cables que había esparcidos por el suelo, momento en el que me pregunté si podría darse el caso de que fuera el único elemento de la estancia que no estuviera imbuido de electricidad. Idea que descarté de manera instantánea al recordar lo bien que me lo había pasado con la saga de Sucker Punch, sus dos platinos seguramente hubieran creado secuelas incurables en mí, pero tampoco era algo de lo que me quejara ni que estuviera dispuesto a decir en público, ya que, como recordarás, hubo un tiempo en el que, gracias a Nintendo, creí haber sido capaz de desarrollar hasta una visión en 3D “estándar” que me permitía ir más allá que el resto de mortales. Mis ganas de iluminar al resto de la humanidad se me quitaron tras un par de visitas al psiquiatra con mi tío, cuando consideré lo más oportuno guardar mis habilidades para un grupo selecto de personas que no pusieran en entredicho la lógica de la evolución humana.
Como te dije en su momento, “ya habrá tiempo de limar asperezas con el creacionismo”. Me tumbé con una sonrisa en la cara y mis ojos chocaron con la recopilación de pósters que plagaban el techo. Decenas de personajes, alocadas ideas y símbolos de todos los colores revoloteaban entre ellos, escogidos con precisión. Definitivamente aquello era mi hogar. El lugar en el que más a gusto me encontraba, donde resguardarme tras un arduo día de trabajo, de exámenes o de ásperas decepciones. Las frías tardes de invierno, y porqué no las cálidas, era donde se me podía encontrar. Donde soñaba despierto.
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Ni siquiera sé cuando me dormí, supongo que esperando que nada cambiara, evitando que mi mirada saliera del pequeño gran planeta que había descubierto en mi techo, aquel en el que tanto disfrutaba. En el fondo de mi apesadumbrada alma sabía el motivo por el que me encontraba allí, sabía que iba a separarme de todo lo que conocía, y sabía que no habría marcha atrás. En el ordenador aún tenía largas listas de pedidos por cancelar, expulsiones por cumplir en múltiples foros y una larga fila de análisis de notas a cada cuál más disparatada.
A pesar de todo, me dormí, caí presa del más profundo de los sueños, y lo hize feliz, en el lugar en el que tantas aventuras había inaugurado, en el que había pasado cientos de noches en vela superando desafíos con la ilusión de un niño, rodeado del eco de las risas de mis amigos a lo largo de nuestras comúnes reuniones, de mis gritos de terror al ver a pyramid head o del susurro de las lágrimas bajando por mis mejillas mientras trataba de superar diversas pérdidas.
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Desperté mientras la tenue luz de la luna me acariciaba el rostro. Entre sudores volví a recorrer la estancia con mis ojos, desorientado y desconocedor del lugar en el que me encontraba. Éstos fueron más rapidos que mi cerebro en aquella ocasión, y antes de situarme ya había establecido contacto con ella. Permanecía en el lado de la mesa que tan insistentemente había evitado mirar horas atrás, decorada con pegatinas provenientes de distintas ediciones, que con el paso del tiempo habían llegado a valer mucho más que ella. No sabría decirte si me reconoció, supongo que por mucho que los años pasaran de largo lo seguiría haciendo.
Fuera como fuere reconozco que no la sostuve la mirada, me sentí incapaz, me sentía completamente culpable de todo lo que había sucedido. Era como si la sangre del sector corriera por mis manos, negra, manchada por mí, goteando en el suelo al caer, gota a gota, haciendo el incesante sonido que me golpeaba en el interior de mi cabeza, una y otra vez, gota a gota… Todo el apoyo que yo, ingenuo de mí, había creído que podía darle por medio del dinero había terminado en ésto. Había escuchado avisos, por supuesto, gritos desesperados de amigos y conocidos que intentaban ayudarme, y si seguramente me hubiera unido a ellos y hubiera rugido a coro a los demás futuros “asesinos” la situación hubiera cambiado. Pero no era el caso. Mi corazón había tardado en responder. Supongo que sus latidos eran demasiado débiles por entonces.
En esos momentos pasaba ante mí el momento en el que al fin había logrado sentir dolor, una fría tarde de octubre en la que había nacido el que se conocería a partir de entonces como “pase offline”. Como si de un beso maldito se tratara algo me golpeó el alma. Recordé las múltiples subidas de precio, los manuales, los recortes de contenido, las largas filas de DLC que habían nacido, y, cómo no, a su hermano mayor, el pase online, aparecido sin dar tiempo a nadie a abandonar el tren. Que poco había tardado en cavar mi abismo, y que dura y lejana se veía la subida. ¿Cuándo había dado mi visto bueno al disparo? ¿En qué momento estuve de acuerdo en erradicar la magia? ¿Por qué no me di cuenta de que la mataban? ¿Dónde me encontraba cuando pusieron fecha a su ejecución?
- Lo siento -me limité a decir al tiempo que me levantaba.
Metí la llave en la cerradura, giré el pomo y salí. Me costó, para que negárlo, pero agarré con fuerza la oxidada arma de la puerta y la cerré detrás de mí. Despojado de mi reino y lanzado al abismo en cuya creación había participado, miré al lugar que abandonaba y lo aporreé con todas mis fuerzas, intententando volver, retroceder en el tiempo y olvidar todo el mal hecho… pero no pude. No me permití llorar, ni siquiera permanecer allí sentado, a la espera de alguien que la derribara, debía afrontar mis actos. Únicamente me alejé del lugar, vacío y temeroso ante lo que me esperaba a partir de ese momento. No sabía cuánto tiempo iba a dejarla todo allí, abandonado. Con suerte serían unos días, siendo realistas hablábaríamos de meses, y de querer el azar meter su caprichoso lápiz en mi historia podríamos hacerlo de años.
Quizás, y sólo quizás, algún día volviera al lugar… para convertirme en un héroe del tiempo, salvar a mi princesa y ver las estrellas, una vez más, a través del azulado visor de mi caso. Pero para entonces todo tendría que cambiar.
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Aquí acaba mi grito desesperado. El latido del jugón. Capítulo 3. Fin.

Me he tomado el permiso (pido perdón de antemano) de coger éste espacio del artículo para no tener que estar pendiente del PC el día que se publique, ya sea para agradecer su lectura (¡gracias!), defender su forma o explicar ciertos elementos del mismo. Si a pesar de todo tenéis dudas o queréis poneros en contacto conmigo, os invito a “followmearme” (palabra made in Wedger) ahora que he abierto cuenta en Twitter (@Wedg3r).
Pasado este momento de autobombo… ¡al fin está aquí! Tras mucho tiempo a la sombra y sin dar señales de vida, vuelve a la red Blogocio “El latido del jugón” y lo hace para convertirse en una publicación mensual (o bimensual, aún está por ver), estrenando cabecera, gags, referencias a las noticias más polémicas de la actualidad y narrando un momento que a todo jugador se le ha pasado por la cabeza, y más tras los acontecimientos de los últimos días, el momento en el que, por un motivo o por otro, uno se vea obligado a abandonar el sector. Por supuesto éste no es el único elemento que intento evocar en vuestra mente, hay bastantes más, como haceros recordar ese lugar tan especial para vosotros o haceros partícipes del cáncer que tan rápido se va extendiendo en los videojuegos, entre otros. Prefiero que seáis vosotros quienes los descubráis, bien con una segunda lectura, bien reflexionando acerca de la primera.
Espero que veáis más allá de la forma literaria del texto, que a muchos puede echar para atrás, y sepáis evadiros un momento de la realidad esta fúnebre noche de Halloween viajando con él. Por supuesto, antes de despedirme quiero daros las gracias por haber leído a éste “charlatán literario o gilipollas transcendental” (según se mire), lo cuál tiene su mérito, ¡nos vemos el próximo mes!


































